Tácito

Muerde tu enojo, muérdelo
Las orillas de fango marean la espera.
Arranca las flores, túmbalas,

Tu vida decrépita asesina los lagos,
Los cimientos de soles, la espera.

Vas en un tren de timos,
En un Abril sin sueños,
En un canto de gritos,
en una mañana incierta.

Caminas al lado de las hojas secas, cultivadas en la vid de tus absurdos,
Y bailas pisando las piernas que no comprendes
Arrullando los golpes contra el vacío,
que no entiendes.

Tácito tu adiós, tácita tu soledad.

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Oda a mi techo

Será que descansas si me ausento?

Será que mi esencia te perturba?

un sarpullido, devora tu pureza facha,

tu tenue luz opaca al muro ciego,

que se esconde tras la puerta,

de los mundos que te azoran.

y lo blanco que te viste se avejenta,

se arrincona, se perpetua,

en un claustro de amarilla soledad,

de membranzas viejas,

de silencios que te castran,

mientras clamas,

noches limpias de inclemencia

De tu vientre cuelga un hilo fèrreo

que sostiene a la flor de lumbre

al sol timorato y desnutrido

que sin radio llora tu destino

Has grabado en cada una de tus sombras,

prólogos sin voz de los puntos sin retorno,

retrataste la inflexión del rocío saturado

para reír de tu prurigo conmigo.


P.D: Estoy hablando del noble techo pálido y sin luz, que acompaña mis vacíos si lo observo.

lo que pudo ser (2)

OLVIDA Y AÑORA

 

Por donde los ciclos de humo,

huyen en mundos ajenos,

en un instante inconcluso,

que ríe de mi abrumo.

 

Mi espíritu se confunde,

en pasadizos sin refugios,

olvidando todo lo que era.

 

Se olvida de la risa sin principios,

que atolondra a la hormiga más pequeña,

que interrumpe su camino y contempla,

mis agujeros llenos.

 

Rescata las travesías de colores de otoño,

en que los cristales conversaban,

de arcoiris e inviernos,

sin misterios.

 

Amamanta los brillos en los ojos de un cielo,

que al jugar con mis pechos,

buscaba, en sus diminutos dedos,

enamorar mi emoción,

y subsistir en mi fuente.

 

Olvida y añora la paz ,

que proclama una cama vacía,

llena de saltos, de mística,

de sueños pequeños,

 

Entonces,

Un Cielo,

Se trepa en mi cuerpo,

y conmemora el tiempo,

que se anidó en mi vientre.

Adiós (2)

El vacío errante se clava,

en los latidos de un eco,
se esfuma de un cuento,

en un barco sin olas,


en el amor que vive absurdo,

en la sombra de los otros,
que acarician los rezagos ,

de su bruma, de su hechizo.

Y lo dulce de los pistilos,

se arrincona sobre tus labios mustios,
vibra con las notas

del dolor de un río,
Que no encontró el brío,

para anclarse en mi voz,
y abrigarse por la alforja de los sueños,

que litigan sin tus miedos.

Absurdo tiempo que se teje,

y se perfila por detrás de mi ausencia,
de mi intransigencia sin tregua,

que te olvida.


Y no reconoce lo exquisito del deseo sin destino,
sobre tu boca de frémitos,

que precipita la indecencia ,

que se entierra,

por encima de tu aliento,
por debajo de tu angustia,

y en medio de tu olor a nido.


Vencido el dolor por las hojas grises,
Escaló suavemente el caer del regazo,

de la inocencia rota,
por tu enojo entero,

sin tu mundo lleno.

Y tus ojos buenos,
entre un ahora de humo y viento,
se tatúan en el aire que asfixia el otoño.


Así, en el infinito cero de mi espera culpable,
se clava el vacío

y se teje al tiempo,
en tus labios mustios,

en las hojas grises,
de tus ojos buenos…

Y te dice adiós.

El origen de un antes y un después.

Desnuda detrás de una bata blanca, sobre una camilla indeseable sin abrazos; una voz lejana que sonaba más como la voz de la radio de un vecino mudo, trataba de tranquilizarme; debo haber simbolizado el miedo y el silencio, estaba aterrada, tremaba el futuro, en medio de un presente incierto.

El Instituto Materno Perinatal, el sitio más seguro para dar a luz según mis cálculos, ocupa toda una manzana en Barrios Altos, con una fachada atiborrada de columnas y de un gris subte, no era el lugar ideal para la visita de todas mis amigas fans de las Kardashian que se debían haber estado enronchando con la idea de que no se dé a luz en una clínica “digna para la gente”, felizmente poco me importaba que vinieran. El lugar elegido para tu primer suspiro, contaba con UCI Neonatal, UCI adulto, unidad de dolor en Anestesiología, no dudé.

Tenía la maleta lista 2 semanas atrás, siempre pensé que llegarías antes; en los primeros meses habías tenido tu noche bohemia con sapote y amenazaste con dejarnos; ajusté mi presupuesto en el cuaderno de siempre, sumando y restando compulsivamente para que nada nos falte; conseguí un hermoso vestido de hilo blanco con minúsculas flores rosas salpicadas como un rocío, traía además una vincha muy similar que me aseguraría que nadie dudara de tu condición de reina entre reyes. Al final, te colocaron un bebecrece amarillo sin gracia, en los hospitales todo se pierde, dijeron, pero saliste de aquel nosocomio como te imaginé en mis sueños más sublimes.

Fecha probable de parto 31 de Octubre, ya iba por las 39 semanas y media y ni una sola luz de la posibilidad de una contracción; ahora ya tienes cuatro gloriosos años de una vida sin sombras, de risas, de disfraces, de talleres, en la que cada noche cuando nos disponemos a dormir y te sigo dando el biberón que todos quieren quitarte, en ese mágico momento en que cantamos, beso tus pies, tus mejillas, tu frente, y te repito una y otra vez lo inconmensurable de mi amor por ti, en el que me pides que juguemos a que estás dentro de mi “barriguita”, y te acomodas por encima de mi cuerpo, por debajo de una colcha, con una gracia y una sonrisa que estremece, teatralizamos tu nacimiento cada 2 ò 3 minutos; créeme, no te miento, estabas tan cómoda dentro mío que no te interesaba descubrir el mundo detrás de mis límites.

El plan era otro, yo quería parto natural, pero uno sin dolor; así, decidí por la maternidad de Lima, era el único lugar que me ofrecía cierta seguridad para ambas; pero bueno, las cosas por lo general (y eso lo descubrirás tú misma, muy a mi pesar) no son como uno quiere; dos días antes del día que marcaría el antes y el después de mi camino bajo el sol, intentaron dilatarme , nada funcionó, el tiempo se acababa y tú según la última ecografía pesabas 3850gramos, si esperábamos una semana más habría macrosomía, el riesgo se incrementaba. Pero no sólo eras tú, los dos hombres a mi lado en ese momento, no podían priorizarme; uno de ellos, mi ginecólogo estaba próximo a viajar a un congreso, si esperábamos tendría que atenderme otro, no lo culpo, era un extraño; tu papá tenía un conflicto enorme, su hermana se casaba en Trujillo el mismo día en que estaba previsto tu nacimiento (confieso, soy una egoísta, es un resentimiento secreto mío, pudieron cambiar la fecha, no lo hicieron, yo lo necesité), ellos crecieron sin un padre, tu abuelo paterno dejó a dos niñas y un niño recién nacido sin amparo, ¿quién la llevaría al altar?, no había de otra, tuvieron que cortarme. Hasta ahora cuando me preguntan porqué naciste por Cesárea, no estoy segura de que responder.

Un 30 de Octubre, al medio día vinieron por mí, y me colocaron sobre esa camilla que me acogía con desgano, tenía frío, debió haber sido el aire acondicionado, no podía hablar, se me fue la voz, me decían lo que tenía que hacer y yo obedecía, pero mis ojos me traicionaron y empecé a llorar sin ruido, olas de espanto brotaban de mis miedos, era consciente de que todo podía suceder y que siempre sería un riesgo; no me permitieron ni eso, a los segundos una mascarilla estaba sobre mí… y quedé dormida; yo quería estar consciente para escuchar tu llanto y disfrutar el momento más trascendente y fundamental en todos los años que pueda deambular en este mundo loco; por unos segundos me despertaron y recuerdo vagamente tu hermoso rostro cerca al mìo, pero me robaron el momento de tu cuerpo encima de mi cuerpo, poder lactarte, obsequiarte mi calostro, darte exactamente y más de todo lo que podía proporcionarte para asegurar tu bienestar; pero no importa, después de ese incidente, me dediqué enérgicamente a darte mi cariño, mi tiempo, y contra todos, te di de lactar dos años completos, lo más que pude.

Lo primero que vi de ti fue una foto en el celular de tu abuela, ellos te habían visto ya por una ventana, en la sala de bebés; la impaciencia me desesperaba, no te traían. Tu papá, tus abuelos y yo te esperamos en la habitación, habían pasado 6 horas para que me bajen de recuperación (escuché entre sueños que mi frecuencia y mi presión estaban escandalosamente bajas). Con mi angustia trepando el último poro de mi cuerpo, te esperé. Te trajo una enfermera, que creí recordaría siempre, pero ya no recuerdo; eras, estruendosamente bella, tenías un aura de ternura tan intensa que devastaba la calma, el parecido a tu padre era innegable, pero tenías mis mejillas, la marca Coloma; naciste con 3550 gramos, 50.5 cm, de un Cielo fresco y puro, que retrataba la belleza de todos los ángeles en tu boquita de uva que lactaba mi pecho, en tus ojos a medio abrir que no veían más allá de las manos que los mecen.

Fuimos una familia ese día, estábamos felices, tú eras el sol, y nosotros no dejábamos de contemplarte; aùn me hacía efecto la epidural, poco me faltaba para saltar al lado de tu cuna y bailar contigo; a primera hora de la mañana siguiente, tu papà viajò, no era su culpa, èl me dejó tranquila, así es la vida; a las 9 am, me retiraron el catéter y con èl la analgesia, el dolor apareció inquebrantable, insufrible, indescriptible, se clavaba sobre mì sin piedad con el roce de las sàbanas, el màs mínimo movimiento lo invitaba a acomodarse plácidamente sobre mi vientre y devorarme. El dolor no se conformó con visitarme, armó una fiesta dentro mío.

Por desgracia, casi no tenía leche, no sabìa lactarte, hacìa mi mayor esfuerzo, pero tu llanto no cesaba, contra mi voluntad, tuvieron que darte fòrmula; pasaron 8 horas y no despertabas, la teoría dice que debes lactar cada dos horas, llamè a todas las enfermeras del piso, exigì una glucosa, te hice llorar por gusto, sòlo dormías.

El dolor me persiguió casi dos meses, y la lactancia me parecía horrorosa, tení llagas de un rosado intenso (tu color favorito) decoradas con grietas capaces de hacerme ver agujeros negros a cada instante, se habían dispuesto concéntricamente y sin espacio alrededor de esos dos pezones dispensadores de tu calma. Siempre dormiste de largo, yo desesperaba, esas dos horas de la teoría me enfermaban, mi culpa era infinita si osaba en quedarme dormida. Pasaron las lunas y mi cuerpo se reparó, y con los meses, que bebas de mì se convirtió en la experiencia más hermosa que he podido tener; por encima del año, los bebès ya juegan contigo, te piden con fervor y gracia que los alimentes, te acarician, juegan con tus senos, te regalan sonrisas; y poder disfrutar de tanto amor es poder tocar el cielo, y yo tenía el privilegio de mecerte a diario.

……

Hormigas

Las Hormigas de la casa, de las flores amarillas,

se aburrieron del último de los Buendía,

y han venido por mì.

Puedo verlas, decrèpitas,

escarpando mi epidermis,

agrietando mis sentidos,

escapando de todas las líneas,

de todas las mentes,

de toda la bruma.

Ahora,

convulsivas y resilientes,
en una cesàrea de pánico, de óbitos,

cortan mi vientre, lo disfrutan.

Tardan tres mundos, ningún suspiro,

victoriosas y nefastas,

arrojan la copa de su triunfo,

rabiosas, preñadas de furia,

perciben mi ahogo.

Recogen sus armas sobre sus patas,

se aploman en batallas

contra mi silencio , mi espera,

la fragilidad que no quiero, que detesto.

Mi cola de cerdo, tu recuerdo,

aparece como néctar en un pàramo,

y bocado a bocado,

te esfumas.

…..



10 años pesan…

A veces, como hoy, delineo mis parpados de lila o azul, nunca de verde, ese color no es mío, le pertenece a ella, mi madre. Necesito ayuda claro, de lo contrario sólo consigo dar la impresión de un golpe; me valgo del espejo y empieza el ritual, cansado y aburrido, pero necesario, sobre todo en los días de nuevos inicios. Corresponde entonces, tapar las grietas del llanto, rastro de mis años, ennoblecer los labios, avergonzar las mejillas, alargar la seducción por encima y por debajo de mis ojos, coronando el encanto con aroma a viento reposado en flores de otros tiempos, de aquellos donde no hacía falta, tanto esmero.

Me observo por unos segundos, me consuelo, y a mi imagen la acaricio, la apaciguo, protejo lo que queda de ella, lo que hicieron con ella, es decir, conmigo. Recuerdo entonces, y hasta me río, las veces en que Charito, como llamaban a mi madre, la dueña de los verdes, cambiaba el rostro si se percataba que esta niña, ahora adulta, reìa mucho, y repetía una y otra vez la historia de Auristela.

Parece ser, que la famosa Auristela, era la más vanidosa y mona (del rosal) de la jauría de enfermeras docentes que laboraba al lado de una especie de balcón llano frente a la Av. Brasil, en el Hospital de Policía, donde he crecido, subiendo y bajando sin tener destino ni propósito en todos los ascensores. Aquella Auristela, que confundì ene veces con Srta siendo Sra, indemne al asombro de todos, jamàs reìa, porque reír arrugaba el rostro, es así, que cuando era inevitable, estiraba con sus dedos la piel por detrás del canto externo por donde deja huella el tiempo, y con cuatro dedos colocados, dos en cada lado, alejándose simultáneamente el uno del otro, procedìa a reír; así, resistió un poco màs a la adversidad de la carrera inefable de la vida.

Esa culpa de reír aùn la tengo, es llamar a la vejez, y muchas veces, yo también deslizo mis dedos donde corresponde, fiel al estilo de esa Sra que ensombreció mi risa, y estoy segura la risa de las otras.